Portazo.

 

Puso a dormir la frescura que delataba su juventud, para convertirse en una dizqueanciana. No era culpa suya. Era culpable ese portazo que marcó el final. El final de los besos pasionales, de los abrazos que ahuyentaban el frío, de ese oído que no se encontraba en otras personas.

Ella sentía que había hecho bien al soltarse de esa manera, envuelta en gritos. Él no decía las palabras que ella necesitaba oír. Cuando estaban juntos, ella sentía que estaba en un auto  en la ruta, disfrutando el viaje, pero no sabiendo a dónde estaba yendo. No es que ella no sea espontánea, pero aquel destino era tan incierto que llegaba a asustarla. Como un avión necesitando saber dónde iba aterrizar. Sí, tenía un fetiche con las analogías de transporte.

Debastada, bañaba en lágrimas y despeinada, cubría su desnudez sólo con la camisa que le robó la tercera noche que pasó en su casa. Se la pasaba comiendo muy poco, fumando cigarrillos y bebiendo Whisky.  Se miraba en el espejo y era peor. Su pelo parecía sucio, ya que las duchas ya no servían para limpiar o lavar. Sólo la contenían, haciéndole acordar que esta viva, con el ardor del agua caliente, con el pavor del agua fría.

Fumó una pitada y miró por la ventana: se encontró con una nena jugando con un cachorro. La imagen la conmovió. Se recordaba a ella misma de chica, cuando jamás se sentía sola, cuando jamás se sentía harta de su trabajo, de su vida. Se enojó con ella misma por haberse perdido, haberse decepcionado. Todavía seguía triste, pero se vistió con lo primero que vio y se dispuso a dar una caminata… pero al abrir la puerta, no se encontró con el pasillo que acostumbraba estar siempre ahí. En cambio, tenía frente a sus ojos una especie de jardín. Miro extrañada y se adentró sin miedos, pero no pasó mucho tiempo antes de darse cuenta que ese “jardín” era la plaza “San Martín”. Aquella plaza no era cualquier plaza. Ese lugar era su punto de encuentro favorito… bueno, el de ella. Donde se habían dado el primer beso, donde ella había tomado la mano de él por primera vez.

Le ardía la garganta al tragar saliva y sintió un hueco el pecho al verlo sentado en el banco blanco, con el ramo de flores, bien arreglado, mirándola deseando tenerla en sus brazos. Había vuelto a ese Lunes de Junio que jamás olvidaría. Estaba a metros de él, tenía otra oportunidad, pero se había quedado paralizada.

– ¿Por qué no venís acá?- dijo él parándose del banco y acercándose a ella.

– ¿Qué querés, Simón? ¿Qué querés para mí, para vos, para nosotros? ¿Querés usar mi cuerpo para tus placeres y luego tirarme al tacho de basura? Puede estar bien eso para otra mujer, eso no me importa, pero para mí no. No quiero perder mi tiempo.

Él estaba completamente desentendido. Se había arreglado dos horas antes, cosa que no era frecuente en su persona…. pero ella era especial.

– No sé por qué me estás diciendo ésto. Hace días nos vemos y yo ni te he tocado. No creas que no quiero hacerlo… ¡claro que quiero! pero no por un vacío instinto, vos para mí sos especial.

– Ojalá pudiera conformarme con ésto, pero no es real. Podés creer que lo es ahora, porque te parece que lo sentís, pero no es así. Si yo me entrego de nuevo a vos, será tan completamente que seré aún más frágil y no es lo que necesito. No te culpo, nadie te obligarte a sentir lo que no existe, pero… ¿mentirme? ¿por qué? No tiene sentido la mentira, ¿te cansaste de mí?

–  No entiendo nada de lo que me estás diciendo, Susana. Me estás asustando.

–  No te preocupes. Tuvimos hermosos momentos, lástima que todo se fue a la mierda.

Susana volvió a su departamento. Segura de sus actos, dio un portazo. Se quitó la ropa, se dio una ducha y se vistió sólo con la camisa de él. Se miró de vez en cuando al espejo. Encendió un cigarrillo y se sirvió Whisky en un vaso. Fue curiosa, dejó el vaso en una mesa y abrió apenas la puerta, quizá esperando ver otra vez la plaza u otro lugar, donde tendría otra oportunidad. Sin embargo, recibió la tímida y monótona imagen del pasillo gris. La cerró rápidamente y tomó otro sorbo de su bebida. Se sintió un tanto aliviada, puede no que no pareciese así, pero no tienen idea de la presión que conlleva tener una segunda oportunidad. Puso una silla frente a su ventana y sentó ahí, tranquila, llorando un poco. Justo apareció una nena jugando con su cachorro….

 

Melina Mendoza

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