El último día de Valentino.

 

Valentino se despertó ese día sintiéndose extrañado. El aire olía a un perfume que no conocía. Su esposa dormía tranquila, él no quería molestarla,  aunque deseaba quedarse un ratito más a su lado y abrazarla, sin que el calor la jodiese. Juntó fuerzas y se levantó de la cama. Caminó lentamente, el cuerpo le pesaba. Llegó al baño, miró el lavabo y sus manos arrugadas. Alzó la vista, se encontró en el espejo y fue ahí cuando lo supo: Valentino moriría ese día.

Se lavó y se secó la cara. Se negaba a asimilarlo así. No era que no quisiese morir, era algo que ya había aceptado al llegar a los cincuenta hace dos años, sino que lo incomodaba la idea de morir un Lunes. Qué bronca. A él le hubiese gustado morir un Domingo. Todos los domingos por la tarde, se sentaba a tomar una copa de coñac y ver fotos de cuando era chico. Así no se hubiese ido desconforme de esta tierra. Se lo comentó a su esposa, quien le dijo que podía hacer esas cosas aunque sea Lunes, si total era su último día de vida… Ella lo quería demasiado, pero a veces parecía que no lo conocía: era estúpido pensar que Valentino dejaría de cumplir con su rutina por algo “tan común como la muerte”. Se besaron, ella lloró un poco y se despidió diciéndole “Suerte”, pero luego se sintió tonta por haberlo dicho. Él partió al trabajo, con su ropa color ocre y su maletín.

Estaba a una cuadra del trabajo, en la esquina entre la verdulería y el negocio de Ana, cuando cruza la calle. Mal movimiento, no mira el semáforo y piensa, al ver cruzar a otros, que cambió de color… pero no, estaba en verde y por eso prosiguió. Un taxi venía muy velozmente, un hombre en moto también y creo que dos chicas andando en bicicleta. Justo notó que se le había desatado el cordón del zapato y se agachó a atarlo. Alarmado, el taxista frenó de repente, ocasionando que el coche se raye al hacer contacto con la moto y que una de las ciclistas perdiese el control por el susto, haciendo caer a la otra. Pero él estaba a salvo, sólo se precipitó un poco al alzar la vista luego de atar sus cordones y ver el lío que había armado. Continuó caminando y llegó al trabajo, conservando aún su prolijidad en sepia.

Se lo comentó a Rodrigo, su compañero y amigo que trabaja con él hace veintiséis años, y éste le dijo “Pero Valentino, ¿estás seguro? ¿No te parece tonto pensar que es natural morir, sólo porque a muchas personas les ha pasado? Para mí la muerte no es natural, pero para todos sí, entonces dejamos que pase y dejamos de preocuparnos por ella”. Rodrigo lo apreciaba demasiado, pero a veces parecía que no lo conocía: Valentino no soportaba que la gente se cuestionara las cosas habituales. Sí se lo permitía a los griegos allá por la antigüedad, pero no a los hijos de la contemporaneidad. Decía que los hombres antiguos estaban recién conociendo al mundo y para entender cómo relacionarse con él, debían analizarlo; en cambio, el hombre actual, nace en las tierras donde no hay nada nuevo bajo el sol. Varias veces discutió ésto con Rodrigo, quien se cansaba de contradecirle. Pero así era Valentino, metódico, estructurado, predecible (aunque un acertijo para sí mismo), prejuicioso y precavido. Excepto en esta situación… lástima que cayó Lunes.

Tenía que hacer trece copias de un documento que le habían enviado por e-mail. Todo marchaba bien, hasta que se dio cuenta de que la impresora estaba desenchufada ¡Uy! Si que odiaba Valentino las interrupciones… Tonto, tonto, tonto. No se había dado cuenta, pero el cable que estaba por enchufar, tenía un pequeño cortecito y quizá por ello justamente estaba desenchufado… pero él ni idea tenía. Apurado (ya que las interrupciones lo retrasaban), inquieto, ansioso… y suertudo, tal vez. Antes de cometer un error garrafal, electrocutándose, se cortó la luz en la oficina. Salieron muchas personas a la calle: Se había cortado la luz en toda la manzana. Entonces, desistió por causas mayores en sacar las copias. Miró el cable y encontró la rotura. Se sintió un poco avergonzado y también un poco enojado.

Comenzó a creer que si él no moría, otras personas resultaban perjudicadas. Si él no se electrocutaba, se cortaba la luz para los que sí debían vivir. Si él no era atropellado, chocaban los que sí debían vivir. El enfurecimiento con su persona aumentaba más y más. Saludó a Rodrigo con un apretón de manos y subió por el ascensor hasta el noveno piso. Allí, viendo gran parte de la ciudad desde su pequeño lugar, caminó unos pasos hasta ya no pisar más suelo, entregándose al vacío, entregándose al destino que él mismo creía tener al verse al espejo esa mañana. Al caer su cuerpo sin vida suelo, fue instantáneo el cambio: El tránsito fue ligero, por lo cual había poquísimas posibilidades de que una moto rayase un taxi y dos ciclistas cayeran, la luz volvió, una chica se animó a decirle a un chico que gustaba de él, un señor ayudó a un anciano, un nene acarició un perro en la calle, una mujer se rió sin vergüenza de que la estuviesen mirando. No es que Valentino haya sido una mala persona y su desaparición terrenal haya traído al mundo cosas buenas, para nada. Era buena persona, pero la muerte dominical que él había deseado se había retrasado, molestando a su entorno, y él odiaba las interrupciones.

 

Melina Mendoza

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