Cama destendida.

“For a minute in there,
I lost my self.
I lost my self.”
 

Nostalgio yacía a un costado de la cama destendida, en un motel barato. A su lado, se encontraba la mujer que siempre había amado y jamás podría soltar. Hace treinta y dos días que estaban ahí, sin salir, sólo en esas cuatro paredes. Ella lo miraba preocupado, mientras le acariciaba la espalda, y él fumaba sosteniendo una mirada de soledad áspera. La única compañía la había encontrado teniéndola a ella. Ni sus hijos, ni su esposa habían podido llenarlo, como ella lo había hecho. Pero en ese momento, un frío se había apoderado de su pecho y se sentía solo otra vez. Quizá era por la culpa.

Se sintió extraña. Sabía que por más que intentase adentrarse  en la mente de él, las espinas que lo rodeaban, se lo impedirían. Cuando las caricias se hicieron monótonas, decidió prender el televisor, pero él no se lo permitió. “Te pedí que viniéramos a estar solos, vos  yo. Ajenos a todo, escondidos del mundo. La televisión obviamente interrumpiría esa paz que tanto nos costó conseguir”, argumentó. Ella se quedó callada. Siempre se quedaba callada. ¿De qué paz le hablaba, si ella estaba inmersa en el caos del silencio? Silencios tormentosos que él creaba. Pensaba que Nostalgio le había prometido unas vacaciones paradisíacas, al escucharlo decir esas palabras.

Se levantó de su posición, se sentó mirándola, le acarició su rubio pelo y la besó. Ella mantuvo el beso unos segundos, pero después lo interrumpió.

– ¿Vamos a salir algún día?

– Yo sí- dijo juntando su ropa del suelo-, pero vos no. Por favor, vos no. Sos mi gema preciada y esta habitación es tu cajita de cristal- abotonaba su camisa-Si te quedás, sabré que de verdad te entregaste a mí. Si te vas, te habré perdido para siempre. Volveré en un rato, lo prometo.

Encendió un cigarrillo y sin más, salió por la puerta. Otra vez se quedó callada. Sus palabras nada podían agregar a las palabras de él. Quizá era por el amor. Él era el hombre que siempre había amado, y de quien jamás escaparía. Habían sido novios en la secundaria. Él soñaba con dedicarse a la poesía, pero las vueltas de la vida lo habían convertido en ingeniero. Ella, fanática de ser musa y oyente de esas poesías, había soñado con dedicarse a las danzas clásicas y las vueltas de la vida se lo habían concedido. Habían sido separados por la distancia, el tiempo, las obligaciones y otros amores. Obligados a renunciar a sí mismos, siguieron sus vidas, hasta que el lazo que los unía, tironeó suficiente para volverlos a juntar.

El aburrimiento la envolvía en postales de ella mirando el techo, mirando el suelo, mirando sus pies. Se había ido hace unas horas y ya lo extrañaba. Sin embargo, no tenía necesidad de huir. Quiso serle leal al pedido de Nostalgio. Sabía que él le había prohibido encender la televisión, pero no pudo contenerse. Estaba hace un mes y días en pequeño espacio sólo con cama de dos plazas, el baño y una puerta. La puerta no era un opción, así que tomó el control remoto y la prendió. Indescriptible, al menos por mi persona, ese ceño fruncido que contenía un puñado de furia, confusión, decepción e incertidumbre. Ahí, en la pantalla chica, estaba una mujer llorando. En una mano, tenia a uno de sus hijos, y en otra, la fotografía de Nostalgio. Tragó saliva al leer el título de la noticia: “El martes se cumplió un mes sin Nostalgio Huerta, desaparecido el 26 de Mayo. Su familia no pierde las esperanzas”.

Su amado la había engañado y recién estaba enterada. Él jamás había mencionado una mujer, dos hijos, una empresa exitosa, una casa casi mansión en las costas de Pinamar. Ella creía que sólo estaba haciendo el amor con su noviecito de la secundaria. ¡Qué tonta! Se había encerrado con un demente todo ese tiempo. Se agitó, parecía que el corazón se le salía por la boca. Tenía que vestirse lo antes posible y correr de ahí, antes de que volviera. Él era un prófugo y ella no quería tener que ver con nada ilegal. No quería que los diarios relatasen sin pudor que “aquel ricachón se había hecho el vivo y se había escapado con una rubia exuberante”. Cosa que no era así para ella, pero era necesario tenerle miedo a la exageraciones posibles. “Vender un diario no es tan fácil como lo era antes, ahora tendrían que llamar casi con luces de colores, la atención del público”, pensó.

Desesperada, comenzaba a vestirse, pero no encontraba sus zapatos. Se agachó a buscarlos debajo de la cama y allí estaban. Tacos bajos, hebilla, de charol negro. Se estiró para alcanzarlos y cuando ya los tenía en mano, descubrió que dentro de uno había un sobre.  Extrañada, hizo una pausa a su exasperación y se dispuso a leer la carta que contenía en su interior:

“26 de Junio de 1998

Querida, querídisima.

Escribo esta carta en forma de confesión y disculpa. Lo dejo en tu delicado zapato, porque sabía que te enterarías de mi verdad y que tu lealtad se desvanecería. Tranquila, yo también tendría miedo y te dejo tenerlo. Te dejo ser libre ,a pesar de que mata saberlo. Me mata imaginarte vestida, me mata imaginarte odiándome. Más no puedo hacer, tarde o temprano iba pasar. No pido que dejes de estar enojada conmigo, para nada. Sería estúpido pretenderlo siquiera. Sólo haré que sepas todo, desde primera persona, protagonista de sus errores.

He sido un tonto a lo largo de mi vida. Sé que recordás aquellos poemitas que nada valían, pero que te pertenecían completamente. Sé que lo recordás porque hablamos de eso en ese Café de Buenos Aires que tanto te gusta. Jamás pude hacer que alguna revista de barrio me los publicase, porque no me los aceptaron. Tampoco pude editarlos en un libro, no tenía ni un mango, y ahora que lo tengo ya me quedé vacío. Tanta frustración me exprimió y se llevó toda la creatividad que me habitaba. Ojalá tuviese alguno en mano para adjuntártelo con tan sucia carta. Estudié ingeniería, formé una firma de ingenieros importante, me casé y tuve hijos. No creas que no los quiero. Los quiero muchísimo, pero me estaba asfixiando, succionando hacia lo desconocido, amenazando con ahogarme.

Estaba cansado. Conocí mucho mundo, bebí mucha belleza. Sin embargo, me faltabas vos. Ese día que me fui a estudiar esa especialización a Estados Unidos, sentí que te había perdido para siempre, hasta volver a encontrarte otra vez, la tarde del ocho de Mayo. Sentí que al decirte adiós, dejaba caer un anillo en el medio del mar. La corriente te llevaría hacia un lado y a mí hacia otro, y jamás volvería a saber de vos. Reitero, hasta volver a encontrarte. Ya comenzaba a desconocerme un poco, hasta volver a encontrarte. Volver a todos mis recuerdos de joven. No dude en dejarlo todo atrás, sólo para pasar los últimos días de mi vida a tu lado.

Inmerso en una gran depresión, ya tenía pensado en matarme hace rato. No te asustes. No es culpa tuya, ni siquiera es por saber que me están buscando. No sé cuál es mi papel en el mundo, pero si ya a los cuarenta y seis años no lo cumplí, no quiero seguir viviendo mierdas sólo para descubrirlo y sentirme realizado. Te necesitaba a vos, necesitaba caricias sinceras. Caricias que me dijeran “te necesito acá, conmigo, ahora”, y no las comunes de mi mujer que sólo sabían balbucear “casi me olvidaba que estabas acá”. No es culpa de ella tampoco. Me acompañó en mis peores momentos, dándome fuerzas. No se merece ésto, tampoco mis hijos, pero quizá están mejor sin mí.

Por favor, no sientas que te usé. No sientas que hice una especie de “despedida del mundo” con tu cuerpo. Te bese con todo el amor que me quedaba. Todo fue tuyo, ya no me queda más. Ni siquiera para mí mismo, y es ésto en lo que pensaré al jalar el gatillo. No te asustes. También pensaré en estos días juntos, en cuando jugaba a la pelota con mis primos, en cuando miraba el atardecer con mi humilde cuadernito, en cuando te di tu primer beso, en cuando descubrí que quería que mi novia se convirtiese en mi esposa, en cuando nacieron mis hijos. Lloraré un poco, pero no te preocupes. Ésto es completamente necesario.

No sé si vos sos creyente… yo soy (como muchos) creyente por miedo. Tal vez te rías en esta parte de la carta, todo lo que hago es por miedo. Como te decía, creo por miedo a ser castigado por Dios. Ahora sé que iré al infierno por haber causado tanto sufrimiento a quienes quiero, pero quería un minuto en el cielo con vos. Vendí mi alma por un minuto de cielo con vos y ahora ya estoy perdido. Gracias.

No me extrañarán tanto como querría que me extrañen, pero lo merezco. Grabaré en mi eternidad la imagen de tu cuerpo desnudo. Avisá a la policia. Para cuando termines de leer ésto, ya seré un cadáver a la orilla del río Luján. ¡Apurate! No quiero que me vean los niños que salen a jugar.

Te amó toda su vida.

Nostalgio. ”

Los latidos le dolían, y su cara estaba bañada de lágrimas insaciables. La vida jamás debería ser vista como una estructura, como un plan. La vida eran constantes idas y vueltas. Vientos del norte, chocando con vientos del sur. La vida era eso que tenía frente a sus ojos, esa “sucia carta” como había sido descrita. Ahora relataba la muerte y se hacía un poco menos sucia, un poco más digna. Se hizo un poco fuerte, lo suficiente para llamar a la policía y explicar lo sucedido. Fue a buscarla una patrulla. La habitación con manchas de humedad, estaba ahora invadida por tres hombres de uniforme. Ella respondía, su voz esquivaba el nudo en la garganta, y presionaba con fuerzas las sábanas blancas, símbolo puro del desorden.

“Tranquila”, dijo en voz baja uno de los uniformados, y la cubrió con una campera. La subieron a la patrulla y condujeron hasta el lugar indicado: las orillas  del río Luján.  Se guiaron por la cercanía al motel, y acertaron. Ella se tapaba los ojos. Esa imagen de su hombre amado sin vida, entre los yuyos, parecía violar cualquier sensibilidad. Se acercaron más al cuerpo, y uno de los policías miró a la dama. Ella entendió lo que éste quiso decirle con esa mirada y soltó con inmenso dolor: “Sí, es él”.

Aún así, todo seguía bajo una niebla ilegible: Nostalgio había especificado en la carta que él mismo jalaría el gatillo… sin embargo, el peritaje forense mostró que había muerto por una disparo en la espalda, y no se encontró el arma. Él no se había suicidado, a él lo habían matado. Una incógnita que aún no tiene respuesta. A Nostalgio lo habían matado (se había dejado matar) muchas veces, todo el tiempo, pero esta vez un tercero había intervenido con arma en mano. Muchas tormentas habían cesado. Las sábanas de la cama destendida, explicaban que allí hubo amores, violencias, aventuras, descubrimientos, finales.

 

Melina Mendoza

tumblr_lxyti0ppbf1qfb46yo1_500

 

 

 

Anuncios

Comentá!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s