El día en que barrieron la ciudad.

El día en que barrieron la ciudad,
no habían zapatos apretados apurados,
no habían manos cansadas sudadas,
no habían ceños fruncidos agresivos.
Entre el vacío,
entre el punto y coma,
entre el ojo del huracán,
estaba yo, acomodando mi corbata.
Pocas de las veces
en las que no sentía el peso de la mirada ajena.
De repente, apareció ella,
la pendeja de los cordones desatados.
Lidiaba contra ella misma,
corría en lentitud,
como si los vientos la estuvieran jodiendo.
Aunque no había ni una gota de brisa,
que pudiera siquiera calmar tanto calor.
Capaz que intentaba atravesar su propia tormenta.

Cómo olvidarme de esa imagen casi hipnótica…
A pesar de que tenía unas largas piernas,
y de que había alcanzado una velocidad destacable,
no había cualidad que le alcanzase para llegar a la otra cuadra.
Como si por cada paso que daba,
más se extendía la calle,
más se extendía la distancia.
Pude palpar la frustración que aquello le causaba,
sentí su opresión en el pecho
y su frente transpirando.
No habían formas terrenales de llegar al otro extremo,
por lo que comenzó a volar.
Se elevó,
separándose del suelo,
como si nunca hubiese tenido raíces
que la sujetaran violentamente
cada vez que intentase liberarse.
Fui inútil,
fruto de no haber experimentado antes
fuerzas del tipo de fuerzas que exceden a los sentidos.
Aún así, fui bañado por un perfume
que desplegó al moverse,
que casi se hizo bebible,
que casi absorví cual elixir.
Quedé inmóvil,
boquiabierto.
Ella llegó a destino,
soltando cierto brillo.
El cigarro que sostenían mis labios,
cayó sobre un charco,
generando estruendo.
Ella volteó y notó
que tenía un espía,
observando todos sus movimientos con admiración.
Traté de disimular la vista.
Era incómodo para los dos, pensé.
Mas ella me regaló una sonrisa pícara,
de esas con las que juegan los nenes
cuando hacen macanas.
Siguió corriendo, vaya uno a saber dónde.
Yo encendí otro cigarrillo
y caminé hacia otro lado.
Moría por saber
qué otro secreto me ocultaba la ciudad,
qué se hacía la mosquita muerta,
qué se hacía la que estaba de luto,
mientras se guardaba para ella
todas las magias inimaginables.

Melina Mendoza

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2 pensamientos en “El día en que barrieron la ciudad.

  1. Es encantador leer esto. Indescutido, me gusto.
    Para mi… esa mente esta muy acostumbrada a las metaforitas de Indio y Skay.
    Pd: sigue!. Hay textos “Solarianos” que te pueden llegar a gustar!

    • Jajaja, gracias por ocupar tu tiempo en leerme y gracias por el cumplido. ¿Mi mente está acostumbrada a las metáforas de Indio y Skay? Probablemente, pero también dejo entrar a muchos otros autores de todos los tipos. Así que mi paleta tiene varios colores.
      Me encanta que me recomienden textos, me intriga cuáles son esos que decís que pueden llegar a gustarme. ¡Contame! ¡Saludos!

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