Bésame mortal.

Cornelio había tenido una día de mierda. Pobre, no sabía que iba empeorar. Venía caminando por la avenida, a las tres de la tarde. La hora de la siesta, para gente normal. La hora en la que se podía caminar velozmente sin chocarse a nadie, para Cornelio. No lo malinterpreten, pobre. Él era feliz la mayor parte del tiempo, pero cuando se rayaba… ¡ay! No había ser en el planeta que pudiese tragárselo fácilmente.

Puteaba a las irregularidades de las veredas, al canto de los pájaros, al sol que quemaba fuertemente. El saco le pesaba y transpiraba más que siempre, aún así aceleró la marcha. Tropezó con otra baldosa floja, y apunto de caer, alcanza a mandar a la mierda a la muy inocente. Al levantar la vista, el ceño fruncido desapareció fugazmente. Ante sus ojos, tenía a una joven de rasgos paradisíacos. Cornelio quedó atónito, sin embargo, pudo erguirse y acariciarse la pelada. Aunque su boca no se animaba a decirle un “Hola”, siquiera. Ella sonrió, admirando el rostro del hombre desconocido que tenía al frente. Le acarició la mejilla y le susurró al oído:

“Veo la acacia nacer de tu pecho
Puedo ver cómo ha florecido desde tu interior,
Deducir cómo ha crecido
asfixiándote con sus espinas,
abriéndose con alguna astilla,
hasta traspasar tu piel
y reposar tranquila bajo el sol.
Pobre alma encarecida, lastimada.
Has transitado el mismo laberinto
una y otra, y otra vez.
El pavor que te recorre,
se convierte en la cárcel que te enlata.
Te prohibís descubrir qué hay detrás de esa pared.
Alzás la vista con un poco de curiosidad,
pero volvés a bajarla con vergüenza,
manos detrás de la espalda
y te adentrás de nuevo en la monotonía,
donde te sentís cómodo.
Pero, aguamiel…¡dejá de conservarte!
Dejá que te prueben y que se deleiten con tu sabor,
desperdiciate y echate a perder.
No te marchites, cual tulipán en la sombra.
Navegá entre olas atrevidas y aprendé a nadar.
Dejá de dibujar cadenas que hagan sangrar tus talones.
Elegí.
Elegite a vos. “

 Cornelio tuvo una arcada y atinó a sacar un pañuelo de su bolsillo. La joven trató de comprender la situación, pero él se lo evitó: salió corriendo sujetando el pedazo de tela, presionándolo sobre su boca y vomitando sobre él. Vomitó palabras asquerosas que no quería que esa hermosura hecha humana, escuchase. Palabras que podían parecer groserías fuera de contexto, ante ciertos oídos, pero que eran la única forma en la que él sabía expresar todo sentimiento. Era como si esa chica, con mano sin guante, le había toqueteado el interior. Se sentía ultrajado, pero también sentía que le habían sacudido la mugre. Quería besarla hasta la muerte, aunque jamás podría rozarle siquiera los labios sin temblar. Siempre se le vendrían a la mente esas palabras sacudidoras y volvería a escupir atrocidades que lo avergonzarían. Se conformó viendo su figura desde lo lejano y deseando que otro Cornelio se la cruzase.

Melina Mendoza.

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