El condenador desuso.

El mundo como mundo y nada más que eso, se presta fácilmente a las metáforas. Mi humor de hoy no me deja más opción que compararlo con un bolsillo. No los bolsillos en general, sino con uno en especial de un fulano de tal. En este bolsillo hay alguna seda, y estamos los pañuelos sucios. La seda tan limpia, linda por naturaleza, brillante, deseada, costosa, preciosa, sirve para que cuando este fulano de tal meta las manos en el bolsillo-mundo, se encuentre con una caricia propia de los dioses del olimpo. Por otro lado, como decía, estamos los pañuelos sucios. Descartables, somos útiles por un momento, luego somos basura. Somos casi tan efímeros como el dinero, cuando el viento es más fuerte que lo que nos sostiene. No valemos nada, portamos mugre, es fácil que nos impregnemos de gérmenes… bueno, somos el germen, el escorbuto, la peste, la alergia. Somos lo gris del paisaje, la lagaña del ojo celeste.

Qué excrementoso sentimiento el que se palpa cuando el fulano de tal nos mete en el mismo bolsillo, que suele ser demasiado frecuente. La seda no necesita alardear, habla por sí sola, con su color radiante. Y aunque se le ocurra ocultarse bajo alguna opacidad, sentiríamos como un cuchillazo la diferencia, porque está ahí, porque es real. La dicha uno no la elige, y a veces uno puede ser reciclable o auténtico, una de dos.

Nuestro alivio como pañuelos, siempre será que el fuego puede acabar de forma sencilla con nuestra existencia. El alivio de la seda, es que la gente ama con los sentidos.

Melina Mendoza

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