Lágrima sobre un fotograma de película de 35mm.

Todos veían a Manuel como el estereotipo de viejo repelente, agrio, sin sentido del humor. Poco salía de su casa y cuando lo hacía, todo le fastidiaba. Los nenes jugando en la plaza, los nenes encerrados en su casa mirando la televisión. Mucho viento, lo incomodaba… poco viento, también. Le jodía cuando cambiaban las cosas viejas, pero se quejaba cuando no había nada nuevo. Sus familiares se regodeaban con la idea de llevarlo a un geriátrico, sin embargo jamás lo hicieron realidad.

Lo que nadie nunca supo -ni siquiera su difunta esposa-, es que tenía una fuerte afición por las películas del género dramático. Sí, se sabía que iba al cine con frecuencia… eso era normal. De lo que nadie sospechaba, era el fanatismo pasional por las películas que lo estrujaban con fuerza, que lo absorbían y le sacaban las mejores lágrimas. Estaba enamorado de la ficción, puesta detrás de una cámara y un genio al volante de la misma.

Este Jueves había sido especialmente irritante para Manuel. Era el día de la semana en que frecuentaba la sala de cine de su barrio. Lo que le daba distinción a este rutinario día, era que por primera vez tuvo miedo de no poder llorar. Tuvo miedo de no poder hacer catarsis a través de ella. Los críticos del diario local no le habían dado muy buen puntaje y eso despertaba su urticaria. Aún así, se armó de fuerzas y entró a la sala, la cual estaba casi vacía.

Quién lo diría. Quién se imaginaría que aquel hombre de mirada áspera, tendría un interior tan sensible. La temática, la dirección, la producción, no hubiesen alcanzado sin esa increíble actriz. Todo dolor radicó en el grito pelado y sollozante de esa mujer que parecía inquebrantable, en la impotencia que generaba que hayan podido corromper tal firmeza. Lastimó, punzó, movilizó a Manuel. De adentro, hacia fuera, generando el mar de lágrimas, el deseo de querer sostenerla en sus brazos y protegerla, como si fuese una niña.

Salió de la sala, luchando con una sensación temblorosa, que no se preocupaba en cesar. El sol le quemó los ojos, pero aún en esa condición de exorcizado, llegó intacto a su hogar. Allí le preguntaron cómo estuvo la película, indiferente escupió: “Estuvo bien”.

Melina Mendoza

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