El ejercicio de la memoria.

Ella no es cualquier mujer. Ella es un árbol que han intentado talar, pero que ha resistido toda tormenta, manteniéndose de pie. A ella le arrancaron una hija, un nieto, una parte de vida… y sigue caminando, con ese pañuelo, que la mira y no la deja olvidar, pero que le hace compañía. Ella lee hoy, con pulso tembloroso y voz quebrada, las últimas palabras de aquella víctima. Ese papel que tiene impregnado, un adiós que se escribió mientras se trataba de pensar que no era el último. La natural inocencia de creer que podría caber un poco de piedad en cuerpos tan viles, y así poder ver la luz, el abrazo de mamá, la caricia de papá, la palmada en la espalda del hermano, el saludo del vecino, el beso de la noviecita, otra vez. Pero no. Hay balanzas donde hay intereses que pesan más que otros. Balanzas propias de mentes maquiavélicas.

Cuesta entender de dónde proviene tanta fuerza, tanta perseverancia… hasta oírla, oírlas (pocas veces me duele tanto la pluralidad), después, la empatía llega sola y se comprende todo… y se llora, con bronca, con impotencia. Lastima imaginar cómo es posible que se haya permitido que eso suceda. Cómo es posible que la comodidad económica valga tanto, que si hay que convertirse en bestia y cazar al “enemigo”, el sentimiento, la benevolencia, la clemencia, se conviertan inmediatamente en conceptos absurdos. Cómo es posible que la sed de poder ciegue al humano, hasta petrificarlo tanto, que ni la sangre del indefenso le conmueva. Cómo es posible que la conciencia no les lata agitada por las noches, o le susurre los gritos de los muertos a golpes, de las violadas, de los caídos en Malvinas.

La memoria nos latiga con retratos de esa índole, para que aquello que es realidad, no vuelva a repetirse, para que no volvamos a cometer los mismos errores, para que no nos hagamos otra vez lo mismo. Por eso, es importante conocer la historia, no entregarla al pasado sin volverla a revisar, hacerla nuestra… porque todos somos esa mujer de pulso tembloroso y voz quebrada, su hija, su nieto. No sentir ajeno ese pañuelo, símbolo de lucha inagotable, inquebrantable. Apropiarse del “Nunca más” y no dejar que se convierta en un frase insignificante, hacerla valer y parar los femicidios, la trata de personas, el gatillo fácil… y toda esa violencia que, aunque estemos en democracia, se pasea en territorio de lo cotidiano. No hagamos la vista gorda, no dejemos pasar aquello que nos mata, que nos individualiza cada vez más.

Melina Mendoza

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