Mil noches, un instante… toda sensación.

A Pedro Aznar

Entre las tinieblas,
en un rincón de nubarrón,
una estela de luz
se posó una vez,
gritando con su brillo,
acariciando con su calor,
a quienes justo pasábamos por ahí.
¡Ay, cuando se encendió esa luz!
¡Si te contara todo lo que fue
cuando al fin conocimos esa luz!
Éramos el baile,
moviéndonos al compás de las sonrisas infantiles.
Éramos el llanto,
llenándonos las manos de
incesantes lágrimas de algodón.
Fue un abrazo
que le dio una descarga de vida
a nuestros mortales cuerpos.
La melodía
nos obligó a cerrar los ojos
y sin berrinches,
cedimos.
Volábamos,
aunque nuestros pies pisaban la tierra.
Y amaneció distinto ese día.
Y amanecieron distintos los demás.
El alma se había dado el gusto
de bañarse en aquel manantial,
tan suave y tan fuerte a la vez.
Qué dicha
habernos cruzado con
tal dulzura,
que ahora pinta los espacios vacíos que
dejan los días monótonos,
que hace compañía,
que nos cuenta cuentos de amor y dolor,
que nos hace viajar estando acostados,
que nos hace partícipes de su música,
haciendo sonar
todo eso que
estaba dormido dentro de nosotros.

Melina Mendoza

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