El protagonista la mata

Ahora, firmando unos papeles con el abogado, se me viene a la mente el recuerdo. EL recuerdo. Bueno, no es como si no viniera a mi mente cada mañana… pero su significado, hoy, es un poco distinto.

Había salido de laburar. La caminata desde la parada del bondi hasta casa siempre fue lo mismo: O te ponés existencialista o tarareás un tema para no escucharte pensar pavadas. Depende de cómo te estés llevando con vos mismo. Bueno, ese día ni me aguantaba. En el Call center, un tipo me había tenido como dos horas y media quejándose del servicio de la compañía. Campeón, no tengo la culpa. Sigue pasando. Otras cosas ya no.

Llegando a casa, me crucé a mi adorable y anciana vecina: Lucía. Lulú, para los que somos más cercanos. Siempre la admiré. Sus dos hijos murieron en Malvinas y ella nunca aflojó así no más. No sé de dónde sacó tanta fuerza. Yo me hubiese desplomado sólo con tenerlos lejos sólo un día. Qué tenga buenas noches, Lulú.

Entré al pozo, es decir, al hogar. El fango resguardado por aquel orco. Hablo de la mujer de mi vida: Olivia Marnella. Marnie, para los que somos más cercanos. Qué hace que uno termine odiando lo que conoció buscando el amor. Algo así me pregunta el abogado. Le digo que estoy trabajando en una respuesta a eso.

Cómo te voy a extrañar, Marnie. Nunca me vas a escuchar decirlo. Alguno de los chicos, capaz, cuando esté deprimido en el bar. Con ella viví aquel cliché de película yanqui de enamorarte de tu mejor amiga de la secundaria y casarte con ella. Tan perfecta y yo tan ciego. Debí saber el día ese, en el cumpleaños del primo del amigo de un amigo, cuando la conocí, que esto, tarde o temprano, iba a quebrarse.

Me preguntan y me van a preguntar en qué nos equivocamos o qué salió mal. Nos faltaba un golpecito de horno, bromeo y voy a bromear. Puede ser. Sólo llevábamos quince años juntos. Si hay que ponerse a pensar en un origen, puede que tenga que ver con el embarazo psicológico. Sí, en definitiva tiene que ver con ese embarazo psicológico.

Estudiaba filosofía y dejé, estando a la mitad de la carrera, luego de que ella me dijera que creía estar embarazada. Encontré trabajo y ella dejó el suyo. Duro fue enterarse de que no había un niño por nacer. Demoledor fue enterarse de que no podríamos tener hijos. No encuentro el adjetivo que pueda describir lo que fue enterarnos de que no teníamos nada en común y que la búsqueda de un hijo venía a cubrir todo eso. Marnie fue entrando en una depresión severa. No quiso y no pudo seguir trabajando. No quise y no pude saber más nada con estudiar. Me hice mal y la culpé por ello. Nos marchitamos.

Voy a seguir detestándola hasta que se borren de mí sus recuerdos. La maldición de la chica perfecta. Puedo jurar que vi cómo esa sed de perfección la consumió, convirtiéndola en una mujer fría y ausente. Vi cómo se iba desenamorando de mí, como iba perdiendo la ilusión día a día.

Siempre le preguntaban boludeces tipo “¿Sos actriz?” y ella, humilde, casi susurraba “Soy maestra en un jardín de infantes”.  Siempre pienso que las maestras de jardín de infantes fantasean mucho con ser madres. Quizás ella posta quería ser madre. Claro, yo era el que quería que si ella quería, que lo tuviera conmigo. La palabra “puta” me quema en la garganta. Qué egoísta fui.

Yo nunca aparecí borracho, ni drogado. Nunca fui infiel. Nunca aborrecí a su madre. Sin embargo, siempre había una excusa para escucharle la jeta. Gritos quejándose de su vida, de mi vida. Y si no había ruido, había silencio. Peor. Nunca supe manejar la tensión como corresponde. Siempre estaba el llanto que cada vez me daba menos lástima.

Esa noche discutimos un montón. Ella deseaba que yo no volviera, pero todavía no le salía decírmelo y yo no quería escucharlo. La tomé de las manos y la empujé contra la pared. “Tengamos ese hijo de una puta vez”. Me dejó besarla, pero luego me sacó de encima. Nunca me va a gustar darme cuenta de las cosas que hago mal, pero ahora ya no la voy a tener para sacarme responsabilidades.

Salí de ahí para fumar. Vi a Lulú en el pórtico, tomando unos mates. Le sonreí tiernamente y ella me devolvió el gesto. Bajé la vista y cuando la levanté me estaba ofreciendo un amargo. Obvio que cualquier opción era mejor que volver con aquel orco. Me acerqué y hablamos. Creí que me cuestionaría por tanto grito diario, pero Lulú no se metía a donde no la llamaban. Justamente por eso saqué el tema, necesitaba hablarlo con alguien que no me juzgara porque sí. Le comenté mi odio por esa mujer a la que le dediqué toda mi juventud y le confesé mi recurrente deseo de estrangularla con mis manos. De repente, el mate se convirtió en Vermú y contar secretos fue cada vez menos costoso. Sí, la adorable Lulú resultaba ser alcohólica. “Cómo no serlo en los tiempos que corren”, le dije y tomé un trago largo.

Soy muy flojo con el alcohol. Siempre lo fui. En la secundaria se burlaban un poco de mí por eso. Terminé muy borracho. Lulú me invitó a pasar. Qué poco sentido tuvo decirle que sí, viviendo a metros nada más. Qué mucho sentido tenía que ella me invitara a pasar, aunque obviamente que en el momento no lo iba a entender.

Me dormí como una hora en su cama y al despertar fui hasta el comedor, donde la encontré leyendo. Me invitó a sentarme y lo hice, con cierta desconfianza y total desentendimiento. Me tomó la mano y puso en ella dos píldoras. “Cianuro de potasio”, susurró. No sé si el alcohol tuvo que ver o si era cuestión de empatía o de psicopatía o de todo junto. Asentí con la cabeza y la acompañé hasta su habitación. Me hubiera gustado preguntar por qué o fingir que creía que lo que estaba haciendo estaba mal.

La píldora y un vaso con agua y sentarme con ella viéndola sufrir. Sus últimas palabras fueron que la otra píldora me la regalaba. No la quiero, Lulú. Yo no soy fuerte como vos. Los gritos de dolor se volvían demasiado intensos y de repente, me sentí como envuelto en un trance. Su último suspiro y su mano que ya no me sujetaba con energía, me generaron una especie de placer morboso, que ahora me da un poco de cosa. “La maté” solté y sonreí. Ella quería morir y la maté.

Cuando me di cuenta, ya había salido el sol. Volví a mi casa y me encontré con Marnie despierta y ella me encontró radiante. De nuevo el llanto y las puteadas. ¿Dónde estabas? ¿Fuiste a chupar con tus amigos? Tenés olor a alcohol. Seguro te cogiste a otra mina. Mirate, se te nota. Todo lo que hice fue reír y decir: “Marnie, hermosa, divorciémonos”.  Ella no entendió y el abogado, creo que tampoco.

Melina Mendoza

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