1976

Y se calza las botas. Esas botas que hablan Noche (y a las cuales bien sabe
sacarle chispas). Toca su desnudez, su blanca, huesuda y fría desnudez; y se
lee en el espejo. Prende un cigarrillo y lo desciende desde la boca hasta las caderas, mientras el humo sube por encima de la cola, deshaciéndose
por la zona del pecho, antes de llegar a la cara. Como un beso. Cierra los ojos. Un piano, tal vez en su imaginación o tal vez no, y sus ojos cerrados.
Si se animara a unos guantes brillantes, sería la mismísima Rita Hayworth preparándose para un estreno.
Mira en la caja de aquel cassette que le robó a su prima, toda la saturación que quiere para sí y para las diez de la noche, la porta entera. Ajustando
una campera de cuero que ya es casi un uniforme, encara la calle.
La actitud, el mentón en alto, el peinado inmune a cualquier viento de Junio. Todo es prescindible excepto ese par de gloriosas botas, que explotan en la puerta
del bar y parecen no tener peso ante los ojos ajenos, que las ven saltar a penas conocen el ritmo.
La oscuridad seca es interrumpida por unas luces de colores casi aleatorias que revelan otros maquillados que miran, admiran y desean. Entre giro y giro de cuerpo
y cabeza, entre trago y trago, advierte a una Siouxsie Sioux, un Prince, un Rod Stewart. Cierra los ojos y fantasea una infinita orgía, sobre sábanas de seda violeta
en un cuarto con luces azules, con trajes y juguetes sexuales de lentejuelas multicolores. Despierta del trance en una risa y copia el movimiento de las manos de un
precioso Brian May, quien se detiene precipitosamente y se voltea, advirtiendo que ya es tarde. No hace falta repetirlo dos veces.
Cual auténtico duque blanco, carga su saco al hombro y prende un cigarrillo, dejando atrás todo aquello que no podría contarle a mamá y a papá. Entre giro y giro
de cuerpo y cabeza, entre trago y trago, no siente el frío violento de pleno invierno, ni siquiera llega a percibir el ruido del vehículo parando a metros de él o los
tres tipos que lo tiran al suelo. “Documentos”, escupe una voz sin rostro pero con un par de botas negras que le castigan Noche. “Puto de mierda”, aúllan las hienas.
Tantean sus bolsillos y nada. Pronto amanece, se escucha el motor arrancar y décadas, décadas después, aún nada.

Melina Mendoza

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