No parecía.

A él

     Mis tíos y mis tías una vez estuvieron muy de acuerdo en una mesa de Domingo: “Con él tenés mucho para escribir”. Tenían razón. Escribí y escribo mucho sobre él… pero no escribí y escribo al hombre inteligente y fuerte que pudieron ver en el marco de un asado, cada tanto; escribí y escribo, todo lo que él supo no mostrar.

   No se lo imaginan a aquel padre de familia y trabajador, pasado de copas. No se lo imaginan con los sentidos alterados y una susceptibilidad que nadie en la mesa cotidiana pudo comprender. No se lo imaginan, al intelectual, al gran lector, al opinólogo por excelencia, reaccionando cual animal ante un comentario adolescente. No se lo imaginan. No se imaginan la violencia. Claro que no se la imaginan.

   Asumiendo que podrían imaginárselo, habría que hacerles ver lo rutinarias que se habían vuelto esas patéticas escenas. Aquellos platos light para cualquier psicoanalista: Él, quien creció con héroes de barro, no soporta ver que sus hijos también prefieren el barro antes que a su propio padre. Habría que hacerles ver. Véanme. Es que, basta con verme aquí y ahora. Estoy, nuevamente, barriendo vasos y platos rotos. Basura de basuras. ¿Por qué hoy, si es cosa de todos los días? Porque hoy no hay lágrimas insulsas de muchachita inocente. El silencio entre sus gritos y querer que la normalidad regrese (o que aparezca de una buena vez), no es escenario de una respiración agitada e inundada. Ya no más muchachita inocente, ya no más lágrimas. Aunque el sonido de la barrida, la cerámica y el vidrio rotos, suenan como lágrimas. Me da vergüenza como escritora, escribir que quizás cuando lloramos, sonamos como una barrida, cerámica y vidrios rotos. ¿Qué? Mi inocencia no va a hacer que no odie los clichés.

   Ella llora porque él la hizo llorar, aunque él diga que se trata de baratijas. La otra, se va a su habitación, a  repetirse que nada acaba de pasar. Yo observo y observo. La muchachita inocente calla. Es curioso, siempre se preguntaron mis tíos y mis tías por qué tan callada. “Qué tímida es tu nena, negro”. Creo que se quedaron con que simplemente callaba porque no tenía nada que decir. Entonces no había nada que callar. Muchachita inocente, naturalmente muda.

   Ellos no saben, qué van a saber. Si hubiesen podido elegir, tal vez hubiesen optado por una profesión que no implicase sacrificios. Seguro. La literatura es una amante exigente, insaciable. Básicamente, no se puede no cebar los mates, si ya calentaste la pava. Ellos no entienden, qué van a entender. Ahora voy a escribir que lo maté. Me levantó la mano y lo tuve que matar.

   El final ideal, por el que el público aúlla. “Me levantó la mano y lo tuve que matar”. Con un revólver. No… ¿de dónde carajos iba yo a sacar un revólver? Un cuchillo, capaz. Estábamos.. ah, sí: “Me levantó la mano y lo tuve que matar con un cuchillo”. Tal vez si escribiera algo como “Metió sus manos bajo mi falda y lo tuve que matar con un cuchillo”, da más drama… Y si agrego “Metió sus manos bajo mi falda. Grité y grité, pero no cedía…”, medio que refuerza la idea de que realmente “lo tuve que matar”.

   Y ellos que no imaginaban, no veían, no sabían, no entendían… Ellos que nunca me leían. Bah, sólo entre líneas y de vez en cuando, nada más que para decir que lo hicieron. Ellos que sólo han de detenerse a leerme porque este cuento comienza diciendo “Mis tíos y mis tías…” y alimenta la chusma teniendo una dedicatoria para “él”. Ustedes que imaginan, ven, saben, entienden, ríen. Ellos vendrán pronto. Vendrán a chusmear, a hablar con mi madre, a mandarme al psiquiatra. El orden según la urgencia. Yo que imagino, veo, sé y entiendo, también río con la fantasía. La fantasía de la risa por la fantasía, de la llegada desesperada, de su cuerpo ensangrentado y de uno ellos diciendo, no, de ellos a coro diciendo: “No parecía…”

Melina Mendoza

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El condenador desuso.

El mundo como mundo y nada más que eso, se presta fácilmente a las metáforas. Mi humor de hoy no me deja más opción que compararlo con un bolsillo. No los bolsillos en general, sino con uno en especial de un fulano de tal. En este bolsillo hay alguna seda, y estamos los pañuelos sucios. La seda tan limpia, linda por naturaleza, brillante, deseada, costosa, preciosa, sirve para que cuando este fulano de tal meta las manos en el bolsillo-mundo, se encuentre con una caricia propia de los dioses del olimpo. Por otro lado, como decía, estamos los pañuelos sucios. Descartables, somos útiles por un momento, luego somos basura. Somos casi tan efímeros como el dinero, cuando el viento es más fuerte que lo que nos sostiene. No valemos nada, portamos mugre, es fácil que nos impregnemos de gérmenes… bueno, somos el germen, el escorbuto, la peste, la alergia. Somos lo gris del paisaje, la lagaña del ojo celeste.

Qué excrementoso sentimiento el que se palpa cuando el fulano de tal nos mete en el mismo bolsillo, que suele ser demasiado frecuente. La seda no necesita alardear, habla por sí sola, con su color radiante. Y aunque se le ocurra ocultarse bajo alguna opacidad, sentiríamos como un cuchillazo la diferencia, porque está ahí, porque es real. La dicha uno no la elige, y a veces uno puede ser reciclable o auténtico, una de dos.

Nuestro alivio como pañuelos, siempre será que el fuego puede acabar de forma sencilla con nuestra existencia. El alivio de la seda, es que la gente ama con los sentidos.

Melina Mendoza