El protagonista la mata

Ahora, firmando unos papeles con el abogado, se me viene a la mente el recuerdo. EL recuerdo. Bueno, no es como si no viniera a mi mente cada mañana… pero su significado, hoy, es un poco distinto.

Había salido de laburar. La caminata desde la parada del bondi hasta casa siempre fue lo mismo: O te ponés existencialista o tarareás un tema para no escucharte pensar pavadas. Depende de cómo te estés llevando con vos mismo. Bueno, ese día ni me aguantaba. En el Call center, un tipo me había tenido como dos horas y media quejándose del servicio de la compañía. Campeón, no tengo la culpa. Sigue pasando. Otras cosas ya no.

Llegando a casa, me crucé a mi adorable y anciana vecina: Lucía. Lulú, para los que somos más cercanos. Siempre la admiré. Sus dos hijos murieron en Malvinas y ella nunca aflojó así no más. No sé de dónde sacó tanta fuerza. Yo me hubiese desplomado sólo con tenerlos lejos sólo un día. Qué tenga buenas noches, Lulú.

Entré al pozo, es decir, al hogar. El fango resguardado por aquel orco. Hablo de la mujer de mi vida: Olivia Marnella. Marnie, para los que somos más cercanos. Qué hace que uno termine odiando lo que conoció buscando el amor. Algo así me pregunta el abogado. Le digo que estoy trabajando en una respuesta a eso.

Cómo te voy a extrañar, Marnie. Nunca me vas a escuchar decirlo. Alguno de los chicos, capaz, cuando esté deprimido en el bar. Con ella viví aquel cliché de película yanqui de enamorarte de tu mejor amiga de la secundaria y casarte con ella. Tan perfecta y yo tan ciego. Debí saber el día ese, en el cumpleaños del primo del amigo de un amigo, cuando la conocí, que esto, tarde o temprano, iba a quebrarse.

Me preguntan y me van a preguntar en qué nos equivocamos o qué salió mal. Nos faltaba un golpecito de horno, bromeo y voy a bromear. Puede ser. Sólo llevábamos quince años juntos. Si hay que ponerse a pensar en un origen, puede que tenga que ver con el embarazo psicológico. Sí, en definitiva tiene que ver con ese embarazo psicológico.

Estudiaba filosofía y dejé, estando a la mitad de la carrera, luego de que ella me dijera que creía estar embarazada. Encontré trabajo y ella dejó el suyo. Duro fue enterarse de que no había un niño por nacer. Demoledor fue enterarse de que no podríamos tener hijos. No encuentro el adjetivo que pueda describir lo que fue enterarnos de que no teníamos nada en común y que la búsqueda de un hijo venía a cubrir todo eso. Marnie fue entrando en una depresión severa. No quiso y no pudo seguir trabajando. No quise y no pude saber más nada con estudiar. Me hice mal y la culpé por ello. Nos marchitamos.

Voy a seguir detestándola hasta que se borren de mí sus recuerdos. La maldición de la chica perfecta. Puedo jurar que vi cómo esa sed de perfección la consumió, convirtiéndola en una mujer fría y ausente. Vi cómo se iba desenamorando de mí, como iba perdiendo la ilusión día a día.

Siempre le preguntaban boludeces tipo “¿Sos actriz?” y ella, humilde, casi susurraba “Soy maestra en un jardín de infantes”.  Siempre pienso que las maestras de jardín de infantes fantasean mucho con ser madres. Quizás ella posta quería ser madre. Claro, yo era el que quería que si ella quería, que lo tuviera conmigo. La palabra “puta” me quema en la garganta. Qué egoísta fui.

Yo nunca aparecí borracho, ni drogado. Nunca fui infiel. Nunca aborrecí a su madre. Sin embargo, siempre había una excusa para escucharle la jeta. Gritos quejándose de su vida, de mi vida. Y si no había ruido, había silencio. Peor. Nunca supe manejar la tensión como corresponde. Siempre estaba el llanto que cada vez me daba menos lástima.

Esa noche discutimos un montón. Ella deseaba que yo no volviera, pero todavía no le salía decírmelo y yo no quería escucharlo. La tomé de las manos y la empujé contra la pared. “Tengamos ese hijo de una puta vez”. Me dejó besarla, pero luego me sacó de encima. Nunca me va a gustar darme cuenta de las cosas que hago mal, pero ahora ya no la voy a tener para sacarme responsabilidades.

Salí de ahí para fumar. Vi a Lulú en el pórtico, tomando unos mates. Le sonreí tiernamente y ella me devolvió el gesto. Bajé la vista y cuando la levanté me estaba ofreciendo un amargo. Obvio que cualquier opción era mejor que volver con aquel orco. Me acerqué y hablamos. Creí que me cuestionaría por tanto grito diario, pero Lulú no se metía a donde no la llamaban. Justamente por eso saqué el tema, necesitaba hablarlo con alguien que no me juzgara porque sí. Le comenté mi odio por esa mujer a la que le dediqué toda mi juventud y le confesé mi recurrente deseo de estrangularla con mis manos. De repente, el mate se convirtió en Vermú y contar secretos fue cada vez menos costoso. Sí, la adorable Lulú resultaba ser alcohólica. “Cómo no serlo en los tiempos que corren”, le dije y tomé un trago largo.

Soy muy flojo con el alcohol. Siempre lo fui. En la secundaria se burlaban un poco de mí por eso. Terminé muy borracho. Lulú me invitó a pasar. Qué poco sentido tuvo decirle que sí, viviendo a metros nada más. Qué mucho sentido tenía que ella me invitara a pasar, aunque obviamente que en el momento no lo iba a entender.

Me dormí como una hora en su cama y al despertar fui hasta el comedor, donde la encontré leyendo. Me invitó a sentarme y lo hice, con cierta desconfianza y total desentendimiento. Me tomó la mano y puso en ella dos píldoras. “Cianuro de potasio”, susurró. No sé si el alcohol tuvo que ver o si era cuestión de empatía o de psicopatía o de todo junto. Asentí con la cabeza y la acompañé hasta su habitación. Me hubiera gustado preguntar por qué o fingir que creía que lo que estaba haciendo estaba mal.

La píldora y un vaso con agua y sentarme con ella viéndola sufrir. Sus últimas palabras fueron que la otra píldora me la regalaba. No la quiero, Lulú. Yo no soy fuerte como vos. Los gritos de dolor se volvían demasiado intensos y de repente, me sentí como envuelto en un trance. Su último suspiro y su mano que ya no me sujetaba con energía, me generaron una especie de placer morboso, que ahora me da un poco de cosa. “La maté” solté y sonreí. Ella quería morir y la maté.

Cuando me di cuenta, ya había salido el sol. Volví a mi casa y me encontré con Marnie despierta y ella me encontró radiante. De nuevo el llanto y las puteadas. ¿Dónde estabas? ¿Fuiste a chupar con tus amigos? Tenés olor a alcohol. Seguro te cogiste a otra mina. Mirate, se te nota. Todo lo que hice fue reír y decir: “Marnie, hermosa, divorciémonos”.  Ella no entendió y el abogado, creo que tampoco.

Melina Mendoza

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Lágrima sobre un fotograma de película de 35mm.

Todos veían a Manuel como el estereotipo de viejo repelente, agrio, sin sentido del humor. Poco salía de su casa y cuando lo hacía, todo le fastidiaba. Los nenes jugando en la plaza, los nenes encerrados en su casa mirando la televisión. Mucho viento, lo incomodaba… poco viento, también. Le jodía cuando cambiaban las cosas viejas, pero se quejaba cuando no había nada nuevo. Sus familiares se regodeaban con la idea de llevarlo a un geriátrico, sin embargo jamás lo hicieron realidad.

Lo que nadie nunca supo -ni siquiera su difunta esposa-, es que tenía una fuerte afición por las películas del género dramático. Sí, se sabía que iba al cine con frecuencia… eso era normal. De lo que nadie sospechaba, era el fanatismo pasional por las películas que lo estrujaban con fuerza, que lo absorbían y le sacaban las mejores lágrimas. Estaba enamorado de la ficción, puesta detrás de una cámara y un genio al volante de la misma.

Este Jueves había sido especialmente irritante para Manuel. Era el día de la semana en que frecuentaba la sala de cine de su barrio. Lo que le daba distinción a este rutinario día, era que por primera vez tuvo miedo de no poder llorar. Tuvo miedo de no poder hacer catarsis a través de ella. Los críticos del diario local no le habían dado muy buen puntaje y eso despertaba su urticaria. Aún así, se armó de fuerzas y entró a la sala, la cual estaba casi vacía.

Quién lo diría. Quién se imaginaría que aquel hombre de mirada áspera, tendría un interior tan sensible. La temática, la dirección, la producción, no hubiesen alcanzado sin esa increíble actriz. Todo dolor radicó en el grito pelado y sollozante de esa mujer que parecía inquebrantable, en la impotencia que generaba que hayan podido corromper tal firmeza. Lastimó, punzó, movilizó a Manuel. De adentro, hacia fuera, generando el mar de lágrimas, el deseo de querer sostenerla en sus brazos y protegerla, como si fuese una niña.

Salió de la sala, luchando con una sensación temblorosa, que no se preocupaba en cesar. El sol le quemó los ojos, pero aún en esa condición de exorcizado, llegó intacto a su hogar. Allí le preguntaron cómo estuvo la película, indiferente escupió: “Estuvo bien”.

Melina Mendoza

Historia verídica

“A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.”

Julio Cortázar.broken-mirror-8082399

Bésame mortal.

Cornelio había tenido una día de mierda. Pobre, no sabía que iba empeorar. Venía caminando por la avenida, a las tres de la tarde. La hora de la siesta, para gente normal. La hora en la que se podía caminar velozmente sin chocarse a nadie, para Cornelio. No lo malinterpreten, pobre. Él era feliz la mayor parte del tiempo, pero cuando se rayaba… ¡ay! No había ser en el planeta que pudiese tragárselo fácilmente.

Puteaba a las irregularidades de las veredas, al canto de los pájaros, al sol que quemaba fuertemente. El saco le pesaba y transpiraba más que siempre, aún así aceleró la marcha. Tropezó con otra baldosa floja, y apunto de caer, alcanza a mandar a la mierda a la muy inocente. Al levantar la vista, el ceño fruncido desapareció fugazmente. Ante sus ojos, tenía a una joven de rasgos paradisíacos. Cornelio quedó atónito, sin embargo, pudo erguirse y acariciarse la pelada. Aunque su boca no se animaba a decirle un “Hola”, siquiera. Ella sonrió, admirando el rostro del hombre desconocido que tenía al frente. Le acarició la mejilla y le susurró al oído:

“Veo la acacia nacer de tu pecho
Puedo ver cómo ha florecido desde tu interior,
Deducir cómo ha crecido
asfixiándote con sus espinas,
abriéndose con alguna astilla,
hasta traspasar tu piel
y reposar tranquila bajo el sol.
Pobre alma encarecida, lastimada.
Has transitado el mismo laberinto
una y otra, y otra vez.
El pavor que te recorre,
se convierte en la cárcel que te enlata.
Te prohibís descubrir qué hay detrás de esa pared.
Alzás la vista con un poco de curiosidad,
pero volvés a bajarla con vergüenza,
manos detrás de la espalda
y te adentrás de nuevo en la monotonía,
donde te sentís cómodo.
Pero, aguamiel…¡dejá de conservarte!
Dejá que te prueben y que se deleiten con tu sabor,
desperdiciate y echate a perder.
No te marchites, cual tulipán en la sombra.
Navegá entre olas atrevidas y aprendé a nadar.
Dejá de dibujar cadenas que hagan sangrar tus talones.
Elegí.
Elegite a vos. “

 Cornelio tuvo una arcada y atinó a sacar un pañuelo de su bolsillo. La joven trató de comprender la situación, pero él se lo evitó: salió corriendo sujetando el pedazo de tela, presionándolo sobre su boca y vomitando sobre él. Vomitó palabras asquerosas que no quería que esa hermosura hecha humana, escuchase. Palabras que podían parecer groserías fuera de contexto, ante ciertos oídos, pero que eran la única forma en la que él sabía expresar todo sentimiento. Era como si esa chica, con mano sin guante, le había toqueteado el interior. Se sentía ultrajado, pero también sentía que le habían sacudido la mugre. Quería besarla hasta la muerte, aunque jamás podría rozarle siquiera los labios sin temblar. Siempre se le vendrían a la mente esas palabras sacudidoras y volvería a escupir atrocidades que lo avergonzarían. Se conformó viendo su figura desde lo lejano y deseando que otro Cornelio se la cruzase.

Melina Mendoza.

El día en que barrieron la ciudad.

El día en que barrieron la ciudad,
no habían zapatos apretados apurados,
no habían manos cansadas sudadas,
no habían ceños fruncidos agresivos.
Entre el vacío,
entre el punto y coma,
entre el ojo del huracán,
estaba yo, acomodando mi corbata.
Pocas de las veces
en las que no sentía el peso de la mirada ajena.
De repente, apareció ella,
la pendeja de los cordones desatados.
Lidiaba contra ella misma,
corría en lentitud,
como si los vientos la estuvieran jodiendo.
Aunque no había ni una gota de brisa,
que pudiera siquiera calmar tanto calor.
Capaz que intentaba atravesar su propia tormenta.

Cómo olvidarme de esa imagen casi hipnótica…
A pesar de que tenía unas largas piernas,
y de que había alcanzado una velocidad destacable,
no había cualidad que le alcanzase para llegar a la otra cuadra.
Como si por cada paso que daba,
más se extendía la calle,
más se extendía la distancia.
Pude palpar la frustración que aquello le causaba,
sentí su opresión en el pecho
y su frente transpirando.
No habían formas terrenales de llegar al otro extremo,
por lo que comenzó a volar.
Se elevó,
separándose del suelo,
como si nunca hubiese tenido raíces
que la sujetaran violentamente
cada vez que intentase liberarse.
Fui inútil,
fruto de no haber experimentado antes
fuerzas del tipo de fuerzas que exceden a los sentidos.
Aún así, fui bañado por un perfume
que desplegó al moverse,
que casi se hizo bebible,
que casi absorví cual elixir.
Quedé inmóvil,
boquiabierto.
Ella llegó a destino,
soltando cierto brillo.
El cigarro que sostenían mis labios,
cayó sobre un charco,
generando estruendo.
Ella volteó y notó
que tenía un espía,
observando todos sus movimientos con admiración.
Traté de disimular la vista.
Era incómodo para los dos, pensé.
Mas ella me regaló una sonrisa pícara,
de esas con las que juegan los nenes
cuando hacen macanas.
Siguió corriendo, vaya uno a saber dónde.
Yo encendí otro cigarrillo
y caminé hacia otro lado.
Moría por saber
qué otro secreto me ocultaba la ciudad,
qué se hacía la mosquita muerta,
qué se hacía la que estaba de luto,
mientras se guardaba para ella
todas las magias inimaginables.

Melina Mendoza

Cama destendida.

“For a minute in there,
I lost my self.
I lost my self.”
 

Nostalgio yacía a un costado de la cama destendida, en un motel barato. A su lado, se encontraba la mujer que siempre había amado y jamás podría soltar. Hace treinta y dos días que estaban ahí, sin salir, sólo en esas cuatro paredes. Ella lo miraba preocupado, mientras le acariciaba la espalda, y él fumaba sosteniendo una mirada de soledad áspera. La única compañía la había encontrado teniéndola a ella. Ni sus hijos, ni su esposa habían podido llenarlo, como ella lo había hecho. Pero en ese momento, un frío se había apoderado de su pecho y se sentía solo otra vez. Quizá era por la culpa.

Se sintió extraña. Sabía que por más que intentase adentrarse  en la mente de él, las espinas que lo rodeaban, se lo impedirían. Cuando las caricias se hicieron monótonas, decidió prender el televisor, pero él no se lo permitió. “Te pedí que viniéramos a estar solos, vos  yo. Ajenos a todo, escondidos del mundo. La televisión obviamente interrumpiría esa paz que tanto nos costó conseguir”, argumentó. Ella se quedó callada. Siempre se quedaba callada. ¿De qué paz le hablaba, si ella estaba inmersa en el caos del silencio? Silencios tormentosos que él creaba. Pensaba que Nostalgio le había prometido unas vacaciones paradisíacas, al escucharlo decir esas palabras.

Se levantó de su posición, se sentó mirándola, le acarició su rubio pelo y la besó. Ella mantuvo el beso unos segundos, pero después lo interrumpió.

– ¿Vamos a salir algún día?

– Yo sí- dijo juntando su ropa del suelo-, pero vos no. Por favor, vos no. Sos mi gema preciada y esta habitación es tu cajita de cristal- abotonaba su camisa-Si te quedás, sabré que de verdad te entregaste a mí. Si te vas, te habré perdido para siempre. Volveré en un rato, lo prometo.

Encendió un cigarrillo y sin más, salió por la puerta. Otra vez se quedó callada. Sus palabras nada podían agregar a las palabras de él. Quizá era por el amor. Él era el hombre que siempre había amado, y de quien jamás escaparía. Habían sido novios en la secundaria. Él soñaba con dedicarse a la poesía, pero las vueltas de la vida lo habían convertido en ingeniero. Ella, fanática de ser musa y oyente de esas poesías, había soñado con dedicarse a las danzas clásicas y las vueltas de la vida se lo habían concedido. Habían sido separados por la distancia, el tiempo, las obligaciones y otros amores. Obligados a renunciar a sí mismos, siguieron sus vidas, hasta que el lazo que los unía, tironeó suficiente para volverlos a juntar.

El aburrimiento la envolvía en postales de ella mirando el techo, mirando el suelo, mirando sus pies. Se había ido hace unas horas y ya lo extrañaba. Sin embargo, no tenía necesidad de huir. Quiso serle leal al pedido de Nostalgio. Sabía que él le había prohibido encender la televisión, pero no pudo contenerse. Estaba hace un mes y días en pequeño espacio sólo con cama de dos plazas, el baño y una puerta. La puerta no era un opción, así que tomó el control remoto y la prendió. Indescriptible, al menos por mi persona, ese ceño fruncido que contenía un puñado de furia, confusión, decepción e incertidumbre. Ahí, en la pantalla chica, estaba una mujer llorando. En una mano, tenia a uno de sus hijos, y en otra, la fotografía de Nostalgio. Tragó saliva al leer el título de la noticia: “El martes se cumplió un mes sin Nostalgio Huerta, desaparecido el 26 de Mayo. Su familia no pierde las esperanzas”.

Su amado la había engañado y recién estaba enterada. Él jamás había mencionado una mujer, dos hijos, una empresa exitosa, una casa casi mansión en las costas de Pinamar. Ella creía que sólo estaba haciendo el amor con su noviecito de la secundaria. ¡Qué tonta! Se había encerrado con un demente todo ese tiempo. Se agitó, parecía que el corazón se le salía por la boca. Tenía que vestirse lo antes posible y correr de ahí, antes de que volviera. Él era un prófugo y ella no quería tener que ver con nada ilegal. No quería que los diarios relatasen sin pudor que “aquel ricachón se había hecho el vivo y se había escapado con una rubia exuberante”. Cosa que no era así para ella, pero era necesario tenerle miedo a la exageraciones posibles. “Vender un diario no es tan fácil como lo era antes, ahora tendrían que llamar casi con luces de colores, la atención del público”, pensó.

Desesperada, comenzaba a vestirse, pero no encontraba sus zapatos. Se agachó a buscarlos debajo de la cama y allí estaban. Tacos bajos, hebilla, de charol negro. Se estiró para alcanzarlos y cuando ya los tenía en mano, descubrió que dentro de uno había un sobre.  Extrañada, hizo una pausa a su exasperación y se dispuso a leer la carta que contenía en su interior:

“26 de Junio de 1998

Querida, querídisima.

Escribo esta carta en forma de confesión y disculpa. Lo dejo en tu delicado zapato, porque sabía que te enterarías de mi verdad y que tu lealtad se desvanecería. Tranquila, yo también tendría miedo y te dejo tenerlo. Te dejo ser libre ,a pesar de que mata saberlo. Me mata imaginarte vestida, me mata imaginarte odiándome. Más no puedo hacer, tarde o temprano iba pasar. No pido que dejes de estar enojada conmigo, para nada. Sería estúpido pretenderlo siquiera. Sólo haré que sepas todo, desde primera persona, protagonista de sus errores.

He sido un tonto a lo largo de mi vida. Sé que recordás aquellos poemitas que nada valían, pero que te pertenecían completamente. Sé que lo recordás porque hablamos de eso en ese Café de Buenos Aires que tanto te gusta. Jamás pude hacer que alguna revista de barrio me los publicase, porque no me los aceptaron. Tampoco pude editarlos en un libro, no tenía ni un mango, y ahora que lo tengo ya me quedé vacío. Tanta frustración me exprimió y se llevó toda la creatividad que me habitaba. Ojalá tuviese alguno en mano para adjuntártelo con tan sucia carta. Estudié ingeniería, formé una firma de ingenieros importante, me casé y tuve hijos. No creas que no los quiero. Los quiero muchísimo, pero me estaba asfixiando, succionando hacia lo desconocido, amenazando con ahogarme.

Estaba cansado. Conocí mucho mundo, bebí mucha belleza. Sin embargo, me faltabas vos. Ese día que me fui a estudiar esa especialización a Estados Unidos, sentí que te había perdido para siempre, hasta volver a encontrarte otra vez, la tarde del ocho de Mayo. Sentí que al decirte adiós, dejaba caer un anillo en el medio del mar. La corriente te llevaría hacia un lado y a mí hacia otro, y jamás volvería a saber de vos. Reitero, hasta volver a encontrarte. Ya comenzaba a desconocerme un poco, hasta volver a encontrarte. Volver a todos mis recuerdos de joven. No dude en dejarlo todo atrás, sólo para pasar los últimos días de mi vida a tu lado.

Inmerso en una gran depresión, ya tenía pensado en matarme hace rato. No te asustes. No es culpa tuya, ni siquiera es por saber que me están buscando. No sé cuál es mi papel en el mundo, pero si ya a los cuarenta y seis años no lo cumplí, no quiero seguir viviendo mierdas sólo para descubrirlo y sentirme realizado. Te necesitaba a vos, necesitaba caricias sinceras. Caricias que me dijeran “te necesito acá, conmigo, ahora”, y no las comunes de mi mujer que sólo sabían balbucear “casi me olvidaba que estabas acá”. No es culpa de ella tampoco. Me acompañó en mis peores momentos, dándome fuerzas. No se merece ésto, tampoco mis hijos, pero quizá están mejor sin mí.

Por favor, no sientas que te usé. No sientas que hice una especie de “despedida del mundo” con tu cuerpo. Te bese con todo el amor que me quedaba. Todo fue tuyo, ya no me queda más. Ni siquiera para mí mismo, y es ésto en lo que pensaré al jalar el gatillo. No te asustes. También pensaré en estos días juntos, en cuando jugaba a la pelota con mis primos, en cuando miraba el atardecer con mi humilde cuadernito, en cuando te di tu primer beso, en cuando descubrí que quería que mi novia se convirtiese en mi esposa, en cuando nacieron mis hijos. Lloraré un poco, pero no te preocupes. Ésto es completamente necesario.

No sé si vos sos creyente… yo soy (como muchos) creyente por miedo. Tal vez te rías en esta parte de la carta, todo lo que hago es por miedo. Como te decía, creo por miedo a ser castigado por Dios. Ahora sé que iré al infierno por haber causado tanto sufrimiento a quienes quiero, pero quería un minuto en el cielo con vos. Vendí mi alma por un minuto de cielo con vos y ahora ya estoy perdido. Gracias.

No me extrañarán tanto como querría que me extrañen, pero lo merezco. Grabaré en mi eternidad la imagen de tu cuerpo desnudo. Avisá a la policia. Para cuando termines de leer ésto, ya seré un cadáver a la orilla del río Luján. ¡Apurate! No quiero que me vean los niños que salen a jugar.

Te amó toda su vida.

Nostalgio. ”

Los latidos le dolían, y su cara estaba bañada de lágrimas insaciables. La vida jamás debería ser vista como una estructura, como un plan. La vida eran constantes idas y vueltas. Vientos del norte, chocando con vientos del sur. La vida era eso que tenía frente a sus ojos, esa “sucia carta” como había sido descrita. Ahora relataba la muerte y se hacía un poco menos sucia, un poco más digna. Se hizo un poco fuerte, lo suficiente para llamar a la policía y explicar lo sucedido. Fue a buscarla una patrulla. La habitación con manchas de humedad, estaba ahora invadida por tres hombres de uniforme. Ella respondía, su voz esquivaba el nudo en la garganta, y presionaba con fuerzas las sábanas blancas, símbolo puro del desorden.

“Tranquila”, dijo en voz baja uno de los uniformados, y la cubrió con una campera. La subieron a la patrulla y condujeron hasta el lugar indicado: las orillas  del río Luján.  Se guiaron por la cercanía al motel, y acertaron. Ella se tapaba los ojos. Esa imagen de su hombre amado sin vida, entre los yuyos, parecía violar cualquier sensibilidad. Se acercaron más al cuerpo, y uno de los policías miró a la dama. Ella entendió lo que éste quiso decirle con esa mirada y soltó con inmenso dolor: “Sí, es él”.

Aún así, todo seguía bajo una niebla ilegible: Nostalgio había especificado en la carta que él mismo jalaría el gatillo… sin embargo, el peritaje forense mostró que había muerto por una disparo en la espalda, y no se encontró el arma. Él no se había suicidado, a él lo habían matado. Una incógnita que aún no tiene respuesta. A Nostalgio lo habían matado (se había dejado matar) muchas veces, todo el tiempo, pero esta vez un tercero había intervenido con arma en mano. Muchas tormentas habían cesado. Las sábanas de la cama destendida, explicaban que allí hubo amores, violencias, aventuras, descubrimientos, finales.

 

Melina Mendoza

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