Qué rompieron.

A Oliverio Girondo

Estaban
él y
ella.
Estaba
él y
estaba
ella.
Él,
ella,
los perros.
Qué perros.
Los perros de la plaza.
Estaban
él y
ella
en la plaza.
Estaba
él y
estaba
ella.
Ella
llegó en el momento justo.
Él
llego para quilombo.
Ella
llegó en el momento justo.
El momento justo de
él.
Él
llegó para quilombo.
Estaban
él y
ella y
los perros y
un otoño.
Qué otoño.
Cualquier otoño.
Estaban
él y
ella.
Estaba
él y
estaba
ella.
Estaban
a destiempo.
Estaba
él y
estaba
ella.
Rara vez
“ellos”.
Estaba
él y
estaba
ella y
los perros y
un otoño.
Qué perros,
digo,
qué otoño.
Todo otoño.
Podría ser
éste.
Estaban
a destiempo.
Podría ser
cualquier otoño.
Estaban
en la plaza.
Estaban
rara vez
los perros y
ella y
él.
Estaban
los perros de la plaza.
Estaba
el momento justo de
un otoño,
éste.
Todo otoño
llegó para quilombo,
a destiempo.
Llegó en el momento justo
ella,
rara vez
él.
Qué otoño
estaban.
Qué perros.

 

Él y

ella.
Digo,

Los perros de la plaza.

Rara vez

“Ellos”.

 

Melina Mendoza

Otoño n° 18

Destapar
esos oídos voluntariamente sordos
con un sólo grito.

Suspiro nostálgicamente
porque me pica la utopía
de girar tu mente y que,
como el caleidoscopio,
cambien radicalmente los colores,
que florezcan formas que estuvieron censuradas,
que se alboroten por la nueva sensación…
¡Ah! ¿cómo la llaman?
Curiosidad, creo.
Que a tu mirada nada le dé igual,
que vea más que los cordones de tus zapatos.
Que puedas donarles más segundos de ese asfixiado reloj,
a todo lo que te perdiste
y a todo lo que te podés perder.

Se enfría el café,
se fuma la última pitada,
ya es otoño,
otoño número dieciocho…
y aún, sigo esperando
esa caricia guardada
en bolsillo de pantalón viejo,
¿cuándo la vas a estrenar?

Melina Mendoza
fotos 098

Mente submarina

Mente submarina,
inmersa en alguna eternidad,
gracias al empujón
que inesperadamente recibí.

Explosión de inmensidades
atrapadas en moléculas,
y en la más pequeña,
se encuentra mi cuerpo
naufragando;
porque la tierra me pesa,
porque el mar dicen que limpia,
porque ya no corro buscando
qué hay detrás del horizonte,
sino que me siento a divagar
sobre lo que puede o podría haber,
desafiando toda imaginación.

Y cuando cierro los ojos,
y cuando me entierro en el pensamiento,
florece un poquito de ficción
que crece y se transforma
en el árbol que hace la sombra,
que no es lo suficiente oscura

porque ayuda a ver,
porque es caricia.

Melina Mendoza 

Mujer bonita.

Tu naturaleza te describe.
Tus rasgos, tus facciones.
Esa sonrisa tan real
Ese lunar que heredaste de mamá.
Ese llanto, esa sensibilidad.
Esa fuerza, esa rudeza
que te hace mujer.

Me encanta cuando bailás así,
intimidando a los desalmados,
desalmando a los tímidos.
Sos tan indescifrable
y tan encantadora
cuando exploras tu sensualidad.

Conocés tu libertad
y andás sobre ella
sin miedo,
cagándote en quienes te dijeron
que a la vida hay que andarla en punta de pie.
Vos la vivís a los saltos
y a veces te acuestas sobre ella.

A veces se te escapan carcajadas
que otras escondieron.
Gritos, que nunca se entonaron.
Te enamorás hoy,
mañana te vas
y si querés volvés.
No dejas que nadie te diga
qué podés o no hacer.

Melina Mendoza

“Mi cuerpo, mis reglas” de Maxi Ruiz

Bésame mortal.

Cornelio había tenido una día de mierda. Pobre, no sabía que iba empeorar. Venía caminando por la avenida, a las tres de la tarde. La hora de la siesta, para gente normal. La hora en la que se podía caminar velozmente sin chocarse a nadie, para Cornelio. No lo malinterpreten, pobre. Él era feliz la mayor parte del tiempo, pero cuando se rayaba… ¡ay! No había ser en el planeta que pudiese tragárselo fácilmente.

Puteaba a las irregularidades de las veredas, al canto de los pájaros, al sol que quemaba fuertemente. El saco le pesaba y transpiraba más que siempre, aún así aceleró la marcha. Tropezó con otra baldosa floja, y apunto de caer, alcanza a mandar a la mierda a la muy inocente. Al levantar la vista, el ceño fruncido desapareció fugazmente. Ante sus ojos, tenía a una joven de rasgos paradisíacos. Cornelio quedó atónito, sin embargo, pudo erguirse y acariciarse la pelada. Aunque su boca no se animaba a decirle un “Hola”, siquiera. Ella sonrió, admirando el rostro del hombre desconocido que tenía al frente. Le acarició la mejilla y le susurró al oído:

“Veo la acacia nacer de tu pecho
Puedo ver cómo ha florecido desde tu interior,
Deducir cómo ha crecido
asfixiándote con sus espinas,
abriéndose con alguna astilla,
hasta traspasar tu piel
y reposar tranquila bajo el sol.
Pobre alma encarecida, lastimada.
Has transitado el mismo laberinto
una y otra, y otra vez.
El pavor que te recorre,
se convierte en la cárcel que te enlata.
Te prohibís descubrir qué hay detrás de esa pared.
Alzás la vista con un poco de curiosidad,
pero volvés a bajarla con vergüenza,
manos detrás de la espalda
y te adentrás de nuevo en la monotonía,
donde te sentís cómodo.
Pero, aguamiel…¡dejá de conservarte!
Dejá que te prueben y que se deleiten con tu sabor,
desperdiciate y echate a perder.
No te marchites, cual tulipán en la sombra.
Navegá entre olas atrevidas y aprendé a nadar.
Dejá de dibujar cadenas que hagan sangrar tus talones.
Elegí.
Elegite a vos. “

 Cornelio tuvo una arcada y atinó a sacar un pañuelo de su bolsillo. La joven trató de comprender la situación, pero él se lo evitó: salió corriendo sujetando el pedazo de tela, presionándolo sobre su boca y vomitando sobre él. Vomitó palabras asquerosas que no quería que esa hermosura hecha humana, escuchase. Palabras que podían parecer groserías fuera de contexto, ante ciertos oídos, pero que eran la única forma en la que él sabía expresar todo sentimiento. Era como si esa chica, con mano sin guante, le había toqueteado el interior. Se sentía ultrajado, pero también sentía que le habían sacudido la mugre. Quería besarla hasta la muerte, aunque jamás podría rozarle siquiera los labios sin temblar. Siempre se le vendrían a la mente esas palabras sacudidoras y volvería a escupir atrocidades que lo avergonzarían. Se conformó viendo su figura desde lo lejano y deseando que otro Cornelio se la cruzase.

Melina Mendoza.

El día en que barrieron la ciudad.

El día en que barrieron la ciudad,
no habían zapatos apretados apurados,
no habían manos cansadas sudadas,
no habían ceños fruncidos agresivos.
Entre el vacío,
entre el punto y coma,
entre el ojo del huracán,
estaba yo, acomodando mi corbata.
Pocas de las veces
en las que no sentía el peso de la mirada ajena.
De repente, apareció ella,
la pendeja de los cordones desatados.
Lidiaba contra ella misma,
corría en lentitud,
como si los vientos la estuvieran jodiendo.
Aunque no había ni una gota de brisa,
que pudiera siquiera calmar tanto calor.
Capaz que intentaba atravesar su propia tormenta.

Cómo olvidarme de esa imagen casi hipnótica…
A pesar de que tenía unas largas piernas,
y de que había alcanzado una velocidad destacable,
no había cualidad que le alcanzase para llegar a la otra cuadra.
Como si por cada paso que daba,
más se extendía la calle,
más se extendía la distancia.
Pude palpar la frustración que aquello le causaba,
sentí su opresión en el pecho
y su frente transpirando.
No habían formas terrenales de llegar al otro extremo,
por lo que comenzó a volar.
Se elevó,
separándose del suelo,
como si nunca hubiese tenido raíces
que la sujetaran violentamente
cada vez que intentase liberarse.
Fui inútil,
fruto de no haber experimentado antes
fuerzas del tipo de fuerzas que exceden a los sentidos.
Aún así, fui bañado por un perfume
que desplegó al moverse,
que casi se hizo bebible,
que casi absorví cual elixir.
Quedé inmóvil,
boquiabierto.
Ella llegó a destino,
soltando cierto brillo.
El cigarro que sostenían mis labios,
cayó sobre un charco,
generando estruendo.
Ella volteó y notó
que tenía un espía,
observando todos sus movimientos con admiración.
Traté de disimular la vista.
Era incómodo para los dos, pensé.
Mas ella me regaló una sonrisa pícara,
de esas con las que juegan los nenes
cuando hacen macanas.
Siguió corriendo, vaya uno a saber dónde.
Yo encendí otro cigarrillo
y caminé hacia otro lado.
Moría por saber
qué otro secreto me ocultaba la ciudad,
qué se hacía la mosquita muerta,
qué se hacía la que estaba de luto,
mientras se guardaba para ella
todas las magias inimaginables.

Melina Mendoza

Hasta morirla.

Lo palpable lo mórbido
el conco fondo ardido los tanturbios
las tensas sondas hondas los reflujos las ondas de la carne
y sus pistilos núbiles contráctiles
y sus anexos nidos
los languiformes férvidos subsobornos innúmeros del tacto
su mosto azul desnudo
cada veta
cada vena del sueño del eco de la sangre
las somnilocuas noches del alto croar celeste que nos animabisman el soliloquio vértigo
cuanto adhiere sin costas al fluir el pulso al rojo cosmogozo
y sus vaciados rostros
y sus cauces
hasta morder la tierra
lo ignoto noto combo el ver del ser lo ososo los impactos del pasmo de más cuerda
cualquier estar en llaga
los dones dados donde se internieblan las órbitas los sorbos de la euforia
cualquier velar velado con atento esqueleto que se piensa
la estéril lela estela
el microazar del germen del móvil del encuentro
los entonces ya prófugos
la busca en sí gratuita
los mititos
hasta ingerir la tierra
todo modo poroso
el pozo lato solo del foso inmerso adentro
la sed de sed sectaria los finitos abrazos
toda boca
lo tanto
el amor terco a todo
el amormor pleamante en colmo brote totem de amor de amor
la lacra
amor gorgóneo médium olavecabracobra deliquio erecto entero
que ulululululula y arpeialibaraña el ego soplo centro
hasta exhalar la tierra
con sus astroides trinos sus especies y multillamas lenguas y excrecreencias
sus buzos lazo lares de complejos incestos entre huesos corrientes sin desagües
sus convecinos muertos de memoria
su luz de mies desnuda
sus axilas de siesta
y su giro hondo lodo no menos menos que otros afines cogirantes
hasta el destete enteco
hasta el destente neutro
hasta morirla

Oliverio Girondo