De primaveras fúnebres.

¡Poeta, vas a quedar calvo!
Buscás arrancarle
los pétalos no marchitos
a la cotidianeidad
y así,
hacer un ramo todo poesía,
pero,
¿cómo hacerlo,
mientras se está siendo
deshojado por otros?
Se avecinan vientos
que hacen promesas descoloridas.

El tiempo,
verdugo que no se encapucha,
te echa su aliento en la nuca.
Tic tac, tic tac.
Se te erizó la piel.
No elegiste qué papel interpretar,
y te desespera saber
que el telón está por partirse en dos.

Va cambiando todavía la estación,
El sol todavía no se apagó,
Las flores todavía albergan a las abejas.
Sin embargo,
Hay tanto oxígeno en tu cuerpo,
como incertidumbre.

Tranquilo,
para cuando cesen los aplausos
y la tierra
se preste a tu reposo,
ya habrás dominado todo lienzo
y aprenderás a florecer por tu cuenta.

(La verdadera salvación de la carne,
sin recetas a base de versículos)

Melina Mendoza

Por qué es importante la marcha #NiUnaMenos

Hay tantas realidades que desconocemos. Muchas, nos las tapan y otras, pedimos que nos las tapen. Aunque a veces, son tan pesadas que no se puede no verlas. Quiebran todo, nos hacen dar cuenta de que aquel no es ajeno a “mí”, que su realidad no es otra, sino que “estoy” inmersa en ella. Cuando se dejan ver, asustan. Se camina tranquilo, hasta que se ven. Claro, la única manera de estar tranquilo en un mundo que no para ni para dormir, es no viendo. Entonces, cuando empezás a ver, te das cuenta que no podés dejar a un lado aquello que estás viendo, porque aunque lo hagas, va seguir pasando, y peor, te convertís en la razón para que siga sucediendo. Lo importante es qué hacés cuando lo ves.

Todos los días, todo el tiempo, me llueven imágenes atroces, ninguna ficticia. Hoy, por motivo de la marcha y por ya no aguantar más, las imágenes son de mujeres maltratadas, desaparecidas, asesinadas. Veo una chica con sida, porque nadie le enseñó cómo prevenirlo, porque es un tema de “putas”. Veo una mujer que murió por un aborto mal realizado, y una que morirá en unas horas, por el mismo motivo, por su clase social y porque el niño por nacer tiene derechos. Veo una mujer que salió tarde del trabajo y la muy desubicada, se puso una falda corta, cómo para no pervertir a ese buen hombre… pero también veo a una chica que vuelve del boliche, aterrada, que no quiere pasar por esa misma situación. Veo una nena, nena porque tenía quince, que volvía de la escuela, pero que nunca volvió porque unos tipos, respaldados por la policía, se la llevaron para que un gil nuevo se la coja todos los días, como si fuese nada más que un cuerpo, como si la plata puede darte tal derecho. Veo a una mina que quiere irse de esa casa infernal, donde uno cree que ella es su pertenencia, pero no puede porque no tiene un peso y los políticos no la ayudan. Veo cómo un hombre cree que puede tocar a una chica sin su permiso, porque es “natural del hombre hacer eso”. Veo cómo una mujer es violada porque ella es un objeto, ¿qué? ¿No viste ese programa? ¡Somos carne! ¡Carne muerta! Carne muerta, que puede colgarse de un gancho, uno alto, para que se vea el culo, todo el culo, ante todas esas cámaras y en todas esas páginas de revista. Carne a la que nunca se le tuvo respeto, por lo que un piropo no le hace nada.

Todo esto que veo, lo veo en mí, en mi hermana menor, en todo grupo violentado, vulnerable ante la dominación que parece indestructible, en todo grupo invisible para los intereses del estado. Con aquello que vi, que veo, voy a ir con la brasa ardiendo en el pecho, para no sólo no verlo más, sino para que deje de pasar, de pasarnos. Con todo esto voy a la marcha, esperando que se plantee un cambio de pensamiento, que se ataque a la raíz del problema.

Melina Mendoza

Por hoy no hay poesía.

 A Eduardo Galeano

Por hoy no hay poesía,
de esa que refugia,
que besa la herida.
Ni de la que te clava
sus aguijones,
retratando lo que es,
crudamente, como es.

Por hoy no hay poesía,
porque te la llevaste toda,
para no olvidar
los pequeños lujos terrenales.

Por hoy no hay poesía.
Estas palabras ya se desvanecerán,
ya dejaron de ser antes de nacer.
Las fusilé porque ya son tuyas,
ya no me son fieles.

Hoy hay recreo con bandera a media asta,
Hoy hay metonimia.
Mañana quizá vuelvan a izarse los versos,
Pero por hoy,
por hoy no hay poesía.

Melina Mendoza

El ejercicio de la memoria.

Ella no es cualquier mujer. Ella es un árbol que han intentado talar, pero que ha resistido toda tormenta, manteniéndose de pie. A ella le arrancaron una hija, un nieto, una parte de vida… y sigue caminando, con ese pañuelo, que la mira y no la deja olvidar, pero que le hace compañía. Ella lee hoy, con pulso tembloroso y voz quebrada, las últimas palabras de aquella víctima. Ese papel que tiene impregnado, un adiós que se escribió mientras se trataba de pensar que no era el último. La natural inocencia de creer que podría caber un poco de piedad en cuerpos tan viles, y así poder ver la luz, el abrazo de mamá, la caricia de papá, la palmada en la espalda del hermano, el saludo del vecino, el beso de la noviecita, otra vez. Pero no. Hay balanzas donde hay intereses que pesan más que otros. Balanzas propias de mentes maquiavélicas.

Cuesta entender de dónde proviene tanta fuerza, tanta perseverancia… hasta oírla, oírlas (pocas veces me duele tanto la pluralidad), después, la empatía llega sola y se comprende todo… y se llora, con bronca, con impotencia. Lastima imaginar cómo es posible que se haya permitido que eso suceda. Cómo es posible que la comodidad económica valga tanto, que si hay que convertirse en bestia y cazar al “enemigo”, el sentimiento, la benevolencia, la clemencia, se conviertan inmediatamente en conceptos absurdos. Cómo es posible que la sed de poder ciegue al humano, hasta petrificarlo tanto, que ni la sangre del indefenso le conmueva. Cómo es posible que la conciencia no les lata agitada por las noches, o le susurre los gritos de los muertos a golpes, de las violadas, de los caídos en Malvinas.

La memoria nos latiga con retratos de esa índole, para que aquello que es realidad, no vuelva a repetirse, para que no volvamos a cometer los mismos errores, para que no nos hagamos otra vez lo mismo. Por eso, es importante conocer la historia, no entregarla al pasado sin volverla a revisar, hacerla nuestra… porque todos somos esa mujer de pulso tembloroso y voz quebrada, su hija, su nieto. No sentir ajeno ese pañuelo, símbolo de lucha inagotable, inquebrantable. Apropiarse del “Nunca más” y no dejar que se convierta en un frase insignificante, hacerla valer y parar los femicidios, la trata de personas, el gatillo fácil… y toda esa violencia que, aunque estemos en democracia, se pasea en territorio de lo cotidiano. No hagamos la vista gorda, no dejemos pasar aquello que nos mata, que nos individualiza cada vez más.

Melina Mendoza

Otoño n° 18

Destapar
esos oídos voluntariamente sordos
con un sólo grito.

Suspiro nostálgicamente
porque me pica la utopía
de girar tu mente y que,
como el caleidoscopio,
cambien radicalmente los colores,
que florezcan formas que estuvieron censuradas,
que se alboroten por la nueva sensación…
¡Ah! ¿cómo la llaman?
Curiosidad, creo.
Que a tu mirada nada le dé igual,
que vea más que los cordones de tus zapatos.
Que puedas donarles más segundos de ese asfixiado reloj,
a todo lo que te perdiste
y a todo lo que te podés perder.

Se enfría el café,
se fuma la última pitada,
ya es otoño,
otoño número dieciocho…
y aún, sigo esperando
esa caricia guardada
en bolsillo de pantalón viejo,
¿cuándo la vas a estrenar?

Melina Mendoza
fotos 098

Mente submarina

Mente submarina,
inmersa en alguna eternidad,
gracias al empujón
que inesperadamente recibí.

Explosión de inmensidades
atrapadas en moléculas,
y en la más pequeña,
se encuentra mi cuerpo
naufragando;
porque la tierra me pesa,
porque el mar dicen que limpia,
porque ya no corro buscando
qué hay detrás del horizonte,
sino que me siento a divagar
sobre lo que puede o podría haber,
desafiando toda imaginación.

Y cuando cierro los ojos,
y cuando me entierro en el pensamiento,
florece un poquito de ficción
que crece y se transforma
en el árbol que hace la sombra,
que no es lo suficiente oscura

porque ayuda a ver,
porque es caricia.

Melina Mendoza 

Lágrima sobre un fotograma de película de 35mm.

Todos veían a Manuel como el estereotipo de viejo repelente, agrio, sin sentido del humor. Poco salía de su casa y cuando lo hacía, todo le fastidiaba. Los nenes jugando en la plaza, los nenes encerrados en su casa mirando la televisión. Mucho viento, lo incomodaba… poco viento, también. Le jodía cuando cambiaban las cosas viejas, pero se quejaba cuando no había nada nuevo. Sus familiares se regodeaban con la idea de llevarlo a un geriátrico, sin embargo jamás lo hicieron realidad.

Lo que nadie nunca supo -ni siquiera su difunta esposa-, es que tenía una fuerte afición por las películas del género dramático. Sí, se sabía que iba al cine con frecuencia… eso era normal. De lo que nadie sospechaba, era el fanatismo pasional por las películas que lo estrujaban con fuerza, que lo absorbían y le sacaban las mejores lágrimas. Estaba enamorado de la ficción, puesta detrás de una cámara y un genio al volante de la misma.

Este Jueves había sido especialmente irritante para Manuel. Era el día de la semana en que frecuentaba la sala de cine de su barrio. Lo que le daba distinción a este rutinario día, era que por primera vez tuvo miedo de no poder llorar. Tuvo miedo de no poder hacer catarsis a través de ella. Los críticos del diario local no le habían dado muy buen puntaje y eso despertaba su urticaria. Aún así, se armó de fuerzas y entró a la sala, la cual estaba casi vacía.

Quién lo diría. Quién se imaginaría que aquel hombre de mirada áspera, tendría un interior tan sensible. La temática, la dirección, la producción, no hubiesen alcanzado sin esa increíble actriz. Todo dolor radicó en el grito pelado y sollozante de esa mujer que parecía inquebrantable, en la impotencia que generaba que hayan podido corromper tal firmeza. Lastimó, punzó, movilizó a Manuel. De adentro, hacia fuera, generando el mar de lágrimas, el deseo de querer sostenerla en sus brazos y protegerla, como si fuese una niña.

Salió de la sala, luchando con una sensación temblorosa, que no se preocupaba en cesar. El sol le quemó los ojos, pero aún en esa condición de exorcizado, llegó intacto a su hogar. Allí le preguntaron cómo estuvo la película, indiferente escupió: “Estuvo bien”.

Melina Mendoza